A través del blog Moleskine - el cual leo con frecuencia - me encontré con este artículo:
(¿Existen exiliados felices?)
Partiendo de ese artículo y justo habiendo tenido que ir a extranjería (ayer), me puse a pensar en muchas cosas a la vez y aquí las ennumero como un simple inventario de mis pensamientos.
Este post no tiene conclusión, ni mucho menos moraleja. Pues teniendo este tema como centro y base la gente, no puede existir una conclusión o algo definitivo.
1. ¿Por qué casi siempre se escribe sobre el exilio? ¿Por qué se escribe tan poco sobre la coexistencia?
2. En la estación de policía (extranjería) hablaba con alguien que usaba estás palabras que usa el artículo, ella las usaba todo el tiempo: “ellos” (los noruegos) “nosotros” (los extranjeros, exiliados, inmigrantes y todo los demás términos que nos encajan). “Es que aquí es así, pero en cambio, allá…” Al final y antes de agobiarme, desvié la conversación sobre el manjar blanco, cuando ella me hablaba de la conquista y de su apellido europeo que en Sudamérica hay poquísimos (que contradicción, que pesado el tema) yo tiraba la pelota hacia el tema de mi familia materna chilena, la paterna ecuatoriana y yo me quedé al medio haciendo las negociaciones, trato de hacerle un chiste para cambiar de tema. Al final estuvimos de acuerdo en que el pisco es peruano (ella era chilena).
3. Inmigrante. Aunque tenga y haya tenido siempre un permiso de estancia legal en el pasaporte me he sentido inmigrante todo el tiempo. Y es que lo soy. La verdad es que es confuso este contexto para encontrar una palabra: soy inmigrante, también soy extranjera, soy de allá y no de aquí es un hecho demostrado con papeles y se ve a simple vista; también soy a veces exiliada.
4. Pero una vez a una amiga peruana en España le dije: “y es que todos somos inmigrantes” y ella me respondió, con acento español y fastidio: “¿inmigrante?, inmigrante serás tú, guapa, coño, que yo curro en oficina”. Aunque usted no lo crea. (felizmente que dice sentirse peruana y se emociona, dice, con el himno nacional ese dónde nos ponen que estuvimos largo tiempo oprimidos y arrastrando cadenas).
5. Y por qué si, “inmigrante” y “extranjero” son casi la misma cosa; ¿por qué las imágenes en mi cabeza son distintas?.
6. Inmigrante: me veo en la cola –como la de ayer- para renovar un visado, me veo lavando platos, me veo recogiendo fresas y limpiando ventanas (todo esto lo he hecho) también me veo sonriéndole y diciéndole que no era de Marruecos a un marroquí, en esa misma cola, que insistía que yo me parecía a su prima, mientras escuchaba que alguien detrás, con acento Latinoamericano usaba la frase “estos moros”. (que pena y que vergüenza)
7. Extranjera: Me veo perdida en el supermercado, usando el diccionario para preguntar por una calle, probando queso marrón (no me gusta) y pensando en el queso fresco de Perú, saludando con un beso a los noruegos, perdiendo aviones por huevear en las tiendas y porque pensaba que de una puerta a otra no había mucho que caminar.
8. ¿Exiliada? No lo sé. Quizás cuando lloro a solas.
9. Conozco a alguien (y se lo he dicho) que al escribir –él escribe a veces- usa mucho los términos: diáspora, exilio, extranjeros, expatriados. Es como si esas palabras le pesaran o lo persiguieran o le gustaran. Yo no las uso salvo sean necesarias, no me disgustan pero tampoco me gustan, pero sí las sé, las he vivido –las vivo- y las he sentido. Por eso las menciono poco, para mí es como ir mencionando el apellido, cosa que yo siempre considero innecesario, salvo sea para al administración pública. No necesito nombrar o clasificar lo que está ahí, en mi color, lenguaje, pensamientos, maneras. Esas palabras son tácitas, se ven.
10. Cuando trabajé lavando platos y cocinando éramos todos inmigrantes o extranjeros, legales e ilegales, pero todos en el mismo saco: tres italianos, dos irlandeses, tres ecuatorianos, dos colombianos, un argentino, un alemán, -que sólo decía “shaise” (Scheiße) y le deciamos Herre Shaise- y una peruana.
Nunca me divertí tanto en un trabajo y aun así que ganaba un sueldo de mierda y estaba hecha polvo. De esta etapa podría hacer una historieta.
parentesis en la cocina y sobre el trabajo
A la salida nos íbamos todos a beber cañas al bar de la esquina o al Finnegans cuando pagaban. Escuchábamos la canción de Manu Chao, Clandestino, nos reíamos y nos daba también a algunos una especie de tristeza.
11. Pregunta del millón: ¿te acostumbras a…? (póngase aquí un lugar cualquiera como Valencia p ej) eso te pregunta la gente cuando eres extranjero, si te acostumbras; porque parece que eso es lo importante, acostumbrarse, casi nunca te preguntan: “¿te gusta…?” o “¿Qué tal aquí?”, y a veces añaden a la pregunta de acostumbrarse “¿y extrañas …?” (p. ej, Lima). ¿Y cómo es que uno se acostumbra?, me pregunto. No me he acostumbrado nunca a nada en ninguna parte.
12. No extraño Lima, no. No extraño el lugar sino yo estando ahí, echo de menos una parte de mí con un fondo. Es difícil de explicar. Tampoco extraño Valencia, pero extraño irme a pie luego del trabajo, dar vueltas por el Barrio del Carmen, tomar unas cañas en uniforme y decir “magdalenas” y desayunar magdalenas. Extraño el ruido del metro de Madrid y la cara de la multitud; también extraño respirar aire frío en Cusco y tomar jugo de naranja recién exprimida a las 6am en el mercado de San Pedro. Si me voy de aquí quizás extrañe la aurora o la claridad en la noche, estando yo siempre ahí con ese fondo. (Todo gira en torno a mí, es el ego quizás, pero si me dicen TU PATRIA entonces yo les hablo de MIS NOSTALGIAS de mí misma, de lo que soy, y de lo que yo creo que es mi patria).
13. Extraño, sí y echo de menos, sí, a personas en concreto; a personas que no están aquí y están allá.
14. No tengo “nostalgia de mi tierra” pues no tengo bien clara la idea de lo que es “mi tierra”. Puede que “mi tierra” sea el idioma en el que pienso, o mi casa en cualquier parte, o mi familia (mi familia materna y paterna son de distintos lugares). Tampoco vivo escuchando música del Perú sólo porque es del Perú. Me emborracho llena de gusto con cualquier cosa que no necesariamente tenga que ser Cristal (aunque esta sea la cerveza que más me guste). Me molesta que me digan como reproche“¿no te emociona escuchar el himno nacional fuera de TU PERÚ?” Me emociona más aquí, en Perú y en cualquier otra parte escuchar por ejemplo a Chabuca Granda, por muchas razones además del Perú. Tengo amigos en el Perú de todas partes, no sólo de Lima (y además de descendientes de chinos, japoneses e italianos pero todos peruanos), me gusta el Perú, me gustan muchas cosas que vivido ahí y me gusta como lugar; he viajado un poco por él, he vivido por estancias cortas en provincia y siempre me ha gustado todo, pero no me gusta alguna gente peruana que fuera del Perú me reproche –y a veces con un acento que no es peruano- que no celebre el 28 de julio ni me emocione con el himno. Tampoco me gusta la gente que habla mal del Perú hasta por nada, es cierto que hay que ser realistas, pero si mi padre, p. ej. fuese alcohólico, yo no hablaría de sus diablos azules sino de los chistes que cuenta cuando esta borracho.
15. Siempre digo que soy peruana pero nunca digo mi Perú (tampoco mi España, tampoco mitt Norge) porque no entiendo que uno pueda usar el posesivo delante de un lugar específico, no importan las raíces, ni las costumbres, ni los años; los lugares que se quieren están ahí siempre. Uno puede volver siempre o irse. Son como las relaciones de amantes, las más intensas: no es tuyo, no te pertenece, sino que eres parte de ese lugar cuando así lo quieren ambos, cuando las circunstancias se dan y eso no sólo es el 28 de julio y con himno: así yo sí me siento parte del Perú (y viceversa) y también de algunas otras partes donde he estado. He concluido en que la patria, para mi, es más un estado de ánimo.
16. Odio los ghettos. Tengo p. ej dos muy buenas amigas latinoamericanas. Nos juntamos cuando podemos y nos da risa decir “cafecito”, y nos reímos cuando coincidimos en cosas que se hacen en Latinoamérica, como los quinceañeros. Nos da risa también que relacionen (muchos) a Sudamérica con el che, la salsa y las llamas; las tres cosas a la vez. No nos decimos “hermana latinoamericana”, (salvo estemos ebrias y juguemos a firmar el protocolo de paz ya que una es chilena y la otra boliviana). Tampoco nos juntamos a decir “ellos” y “nosotros” ni “aquí” ni “allá”, tampoco “antes” y “ahora”. Nos juntamos también con los “de aquí” y al final parece que todos fuéramos del mismo lugar o de cualquier otro del cual siempre tenemos algo en común. Se me viene a la cabeza esta frase central del artículo: ¿<em>existen exiliados felices? No he conocido a ninguno. Pero he conocido a muchas personas felices de poderse exiliar</em>. Por esta frase empecé a escribir este inventario.
17. Felices de podernos exiliar creo que somos todos. No hablo de fronteras, ni pasaportes, ni de cruzar el Atlántico, sino de algo que lo hacemos todos, exiliarnos de nuestras propias patrias personales y sus batallas (y aquí sí uso el posesivo). Hablo entonces de la acción de desprenderse de todo lo que somos y que a la vez nos ata, de romper con todo, de tirar cosas que guardamos desde hace tiempo y que nos dan tristeza (tristeza como la que dan los libros de historia), de hablar otra lengua usar otras palabras, quizás dejar de leer la prensa para leer poesía, de dejar de pensar en recuerdos e historias que nos desgastan y pensar simplemente en las cosas simples que vemos y que a veces brillan. Este exilio es diario y depende de nosotros.
Y algunas veces, puede que este exilio cotidiano nos haga más felices.
Claudia